La grabación de este reportaje de televisión terminó de manera muy distinta a lo planeado

Descubre cómo la grabación de un reportaje cambia de una manera crítica, convirtiéndose en un quebradero de cabeza para sus protagonistas

La historia que voy a contar aquí es totalmente cierta y de ella se puede extraer una precaución a la hora de cerrar acciones de comunicación con periodistas. Está contado desde el punto de vista de un equipo -del que yo era reportero gráfico- que está trabajando en un reportaje para una televisión autonómica y creo que es un buen ejemplo sobre cómo la idea de un reportaje puede cambiar a lo largo de su producción.

La televisión autonómica de Aragón decidió hacer un reportaje ensalzando las cualidades de la comunidad para practicar la pesca en su vertiente más turística. Para ello se planificaron varias grabaciones, entre ellas una sesión de pesca de siluros por el río Ebro y un viaje al pantano de Mequinenza, en Caspe, donde se pretendía impulsar la pesca para atraer visitantes. Ninguna de las dos grabaciones terminó como se había planeado y es un ejemplo, a lo mejor un tanto extremo pero real, de cómo una cobertura televisiva puede ser un quebradero de cabeza para las personas y las marcas que se ofrecen a ser grabadas.

Una sesión de pesca con un final escabroso

La primera grabación fue la del río Ebro a su paso por Zaragoza. Una asociación local de pescadores nos acompañó río abajo y nos proporcionó una barca desde la que yo les grababa mientras pescaban siluros -unos animales ciertamente largos, más grandes que una persona-. Los pescadores nos lo pusieron en bandeja: hicieron un esfuerzo considerable si tenemos en cuenta que tenían que hacer un hueco en su agenda, preparar el equipo, bajar la barca al río y pasar con nosotros la tarde. Ellos iban montados sobre una especie de sillas flotadoras independientes que les permitían moverse por el río con bastante agilidad y libertad.

Así que iniciamos nuestra travesía montados en la barca, grabando cómo estos hombres pescaban algunos siluros -monstruosos animales marinos- y parando en algunos salientes de tierra para tomar imágenes de la ribera del río. De nuevo en la embarcación, grababa una imagen de película mientras uno de los pescadores intentaba sacar un siluro enorme del agua, cuando otro de ellos nos llamó desde unos cien metros más abajo. «¡Venid aquí!» gritaba, «¡mirad!». En principio lo ignoré porque la imagen que estaba captando era realmente buena, pero como parecía que el pescador protagonista estaba teniendo verdaderas dificultades para extraer el siluro del agua, decidimos rendirnos y bajar a ver qué había pescado el otro. No era un siluro, sino el cadáver de una persona.

La grabación se detuvo y llamamos inmediatamente a la policía. El cadáver llevaba ahí varios días, flotando en una pequeña bahía boca abajo. Cuando llegaron los agentes, todos decidimos recoger nuestras cosas y marcharnos, poniendo el reportaje en pausa. A veces, por mucho interés que haya en impulsar algo, hay que saber parar.

La parte interesada se convierte en la afectada

Al día siguiente, el equipo decidió continuar con la grabación del reportaje en el otro escenario: el pantano de Mequinenza. Se trataba de mostrar cómo la pesca se había convertido en un reclamo turístico que impulsaba la economía de la zona y para ello contactamos con un cámping que, al igual que la asociación de pescadores, nos facilitó mucho la grabación. No sólo nos presentó a algunos turistas que visitaban regularmente la zona, sino que también puso a nuestra disposición de manera gratuita una lancha desde la que grabamos el pantano desde todos los ángulos habidos y por haber. Tiempo y dinero.

Quisimos también hablar con el responsable de la tienda de pesca del cámping, que nos contó cómo gracias al turismo él se podía dedicar enteramente a su pasión. Sin embargo, también nos comentó que había un problema en la zona relacionado con la pesca furtiva. Al principio fue solo un comentario, pero conforme íbamos hablando con él descubrimos que podía haber algo más. Cuando el jefe, que nos había llevado en su lancha, se marchó para seguir con sus quehaceres, el responsable de la tienda empezó a detallarnos cómo varios grupos de pescadores estaban incumpliendo la normativa y se estaban llevando más pescado del permitido para venderlo en países del este. Esta práctica ponía en peligro el ecosistema del pantano, que ya venía dañado por otros motivos.

Así que nos marchamos de Caspe con nuestro material para hacer un reportaje sobre las bondades de pescar en Mequinenza y, ya en la redacción, comentamos que el reportaje tenía todas las papeletas para terminar siendo una pieza sobre pesca furtiva. Y así fue. Volvimos de nuevo al pantano, esta vez de noche y acompañados por el chico de la tienda, para grabar una pieza de investigación. El resultado final no gustó nada al jefe del cámping porque muchos de los furtivos se alojaban en sus instalaciones -la emisión del reportaje podía hacerle perder clientes- y además había invertido toda la mañana en llevarnos en su lancha. El chico de la tienda fue despedido.

En conclusión

Estos son solo dos ejemplos de cómo un reportaje puede terminar siendo algo absolutamente diferente a lo que en principio se planteó. Por supuesto, esta historia es la excepción y no la norma, pero está claro que a la hora de colaborar con una televisión hay que tener en cuenta que un periodista es, ante todo, alguien que busca contenido de interés para su audiencia. En el primero de los casos, los esfuerzos de la asociación de pescadores por facilitarnos la grabación tenían como recompensa presencia en televisión, pero quedaron truncados por un suceso inesperado. En el segundo, la buena disponibilidad del cámping -lancha incluida- no tuvo un retorno positivo debido a una decisión editorial. Y es que, al abrir las puertas de tu casa, hay que hacerlo pensando en todas las posibilidades, especialmente cuando se trata de programas de investigación.

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